Mi padre nació en un pueblo sin columpios. Las casas eran de adobe y las calles de tierra. Tampoco había agua corriente, ni televisión, ni coches. La gente se desplazaba en burro a los pueblos vecinos. Disponían de electricidad unas horas al día y no había regalos en Navidad. En cambio en la cantina, de vez en cuando, uno podía encontrar Coca-Cola, aunque casi nadie del pueblo podía permitírsela. Tampoco mi bisabuelo Feliciano, que en una escena a medio camino entre El Mago de Oz y Viridiana, iba de casa en casa enseñando un lobo cazado y disecado por él, tratando de demostrar a los pastores que el pueblo y las ovejas estaban «a salvo», esperando a cambio que le dieran la caridad.
Cabe sin embargo la posibilidad, entre toda esa amalgama de necesidades, que se diera una de las primeras situaciones anacrónicas de la postguerra. Alguien del pueblo viajando en burro por el páramo palentino abriendo una Coca-Cola original, mientras la chapa caía al suelo y generaba el primer residuo pop de la dictadura, conectando así Nueva York y Londres con Castilla y León.
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