Roza la euforia que una isla que se acerca a los 14 millones de visitantes al año y con una paranoia especulativa desatada se permita el capricho de mantener secretos casi intactos. Escondida en una zona por suerte poco accesible de La Serra de Tramuntana se encuentra La Ermita de la Santísima Trinitat, la única ermita habitada en Baleares y una de las pocas que quedan en España. Fue fundada en el año 1646 por el Ermitaño Joan de la Concepció Mir i Vallès, inspirada en el espíritu franciscano que impulsó Ramón Llull allá por el siglo XIII, cuando creó la escuela de lenguas orientales en el mismo bosque de Miramar.
La ermita está abierta parcialmente al público y es un lugar a la vez que emblemático poco conocido por la gente incluso de Mallorca, formando parte de rutas excursionistas donde sirve de obligada visita. Al atravesar la puerta es difícil evitar la atracción espiritual que respiran los muros de piedra medievales desgastados por el salitre. La capilla, construida en el 1735 y situada a escasos metros del huerto, simboliza esa máxima benedictina del “Ora et labora”. Cuando uno se sienta en el mirador a disfrutar de las vistas de la Costa Nord, acepta el murmullo lejano del Mediterráneo como único sonido bienvenido.
Los dos ermitaños que quedan, el prior Pau y l’ermità Biel, son los últimos de la congregación de San Pau y San Antoni. Mantienen una vida apartada y son muy poco dados a conceder entrevistas o ser fotografiados. Tras dos infructuosas negociaciones para que accedieran a dejarse retratar, la última mientras cocinaban unas “sopes mallorquines” con el delantal puesto, conseguimos que nos dejaran reproducir una foto de grupo realizada en 1988 con motivo del 300 aniversario del fallecimiento del ermitaño fundador Joan Mir i Vallés, que muestra a todos los ermitaños de la isla por aquel entonces, sumándose a los ermitaños de Valldemosa los de las ermitas de Artá, Petra y Felanitx, que quedaron vacías hace ya mucho.
Ellos dos son ahora los últimos latidos de una ermita habitada ininterrumpidamente desde hace 380 años y el epílogo de un camino emprendido por Ramón Llull 8 siglos atrás.
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